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Tecnología y familia: dos factores clave en la oralidad de estudiantes secundarios

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Por Lic. Pamela Forestello

 


 

Siempre se habla de la función de la escuela, pero esta vez veremos cómo influyen la tecnología y el entorno familiar en la oralidad de los estudiantes.

La tecnología: ¿una aliada o una barrera para la oralidad?

En la última década, la tecnología irrumpió en la vida diaria de los jóvenes a un ritmo vertiginoso. Las redes sociales, los mensajes instantáneos y las aplicaciones de video y audio son herramientas constantes en su rutina. Si bien estos medios tienen su lado positivo, como facilitar la comunicación y acercar a las personas, también es real que acentúan ciertos hábitos que perjudican la práctica de la oralidad tradicional.

Los chicos y chicas, en su mayoría, utilizan mensajes cortos, abreviaturas y lenguaje informal. Maneja un estilo de comunicación donde lo visual (emojis, memes, stickers) reemplaza muchas veces a las palabras. Esa economía del lenguaje restringe la capacidad de estructurar ideas complejas en forma hablada. Además, el contacto cara a cara y la conversación en grupo se vuelven menos habituales, reduciendo la experiencia práctica necesaria para desarrollar la fluidez y la confianza al hablar.

Sumado a esto, la convivencia con pantallas puede hacer que muchos adolescentes prefieran evitar momentos que impliquen hablar en público o sostener charlas profundas, porque se sienten más seguros detrás de un dispositivo que frente a una audiencia.

 

La familia: primera escuela de la palabra

Por otro lado, la familia sigue siendo el primer espacio donde los niños y adolescentes aprenden a comunicarse y a apropiarse del lenguaje oral. En muchas casas del interior argentino, el nivel de estímulo verbal varía mucho entre hogares. Algunas familias fomentan el diálogo, las preguntas, las historias compartidas y el debate informal en la mesa, alentando la práctica constante de la oralidad.

 

Sin embargo, en otras, debido a condiciones socioeconómicas, largas jornadas laborales de los adultos o tradiciones culturales, la comunicación puede limitarse a lo esencial o a órdenes y respuestas breves, sin espacio para la expansión o la reflexión oral. Esto implica que los estudiantes llegan a la escuela con menos experiencia en el uso del lenguaje oral complejo, dificultando su desempeño en actividades que requieren expresarse con claridad y confianza.

Además, la interacción afectiva y de contención que la familia brinda es clave para que el joven se anime a hablar y a compartir sus ideas sin miedo al error o al juicio, algo fundamental para la construcción de la oralidad.

 

¿Qué caminos seguir?

Atender el problema desde estas dos dimensiones implica, por un lado, acompañar a los adolescentes para que dejen de ver a la tecnología solo como un refugio o una vía limitada de comunicación, y empezar a aprovecharla como puente para potenciar la expresión. Por ejemplo, actividades que integren grabaciones orales, videos con relatos personales o podcasts escolares pueden ser atractivas y útiles.

 

En cuanto a la familia, promover espacios de diálogo y actividades compartidas es fundamental. Las escuelas pueden generar vínculos con las familias a través de talleres y charlas que resalten la importancia de la comunicación oral y ofrezcan herramientas para fortalecerla en casa.

 

La tecnología y la familia pueden convertirse en grandes aliados si se abordan con intención y creatividad. Entender sus desafíos y posibilidades es el primer paso para que nuestros jóvenes recuperen la voz y la palabra con libertad y seguridad.

 

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