Lic. Pamela Forestello
En la era de la inmediatez, donde una historia dura 24 horas, pero una captura puede ser eterna, las redes sociales se han convertido en una extensión de la vida cotidiana. Lo que antes se decía en voz baja o quedaba en el ámbito privado, hoy se publica, se comparte y se viraliza en cuestión de segundos. Sin embargo, no todo lo que se puede decir, se debe decir. Y mucho menos, publicar.
En Argentina, la libertad de expresión es un derecho garantizado por la Constitución Nacional. Pero ese derecho no es absoluto. Tiene límites claros cuando entra en conflicto con otros derechos, como el honor, la intimidad y la dignidad de las personas. En este punto, la irresponsabilidad digital deja de ser una simple imprudencia para convertirse en un problema legal.
Uno de los marcos normativos más relevantes es el Código Civil y Comercial, que establece la protección de la imagen y la vida privada. Publicar fotos de otra persona sin su consentimiento, especialmente si se trata de menores de edad, puede dar lugar a acciones legales. Lo mismo ocurre con la difusión de conversaciones privadas, audios o cualquier tipo de contenido que no haya sido autorizado.


Por otro lado, el Código Penal contempla delitos como las injurias y calumnias, que se configuran cuando se difunden expresiones que dañan la reputación de alguien o se le atribuyen falsamente delitos. En redes sociales, donde el anonimato o los perfiles falsos parecen ofrecer una falsa sensación de impunidad, este tipo de conductas se multiplican. Pero la Justicia ha demostrado que rastrear identidades digitales es cada vez más posible.
El problema no es solo legal, sino también social y cultural. Se ha naturalizado una lógica de exposición constante, donde todo parece digno de ser publicado: conflictos familiares, discusiones de pareja, situaciones escolares, incluso momentos de vulnerabilidad extrema. En ese contexto, la línea entre lo público y lo privado se vuelve difusa.
La pregunta que surge es incómoda pero necesaria: ¿por qué sentimos la necesidad de mostrarlo todo? En muchos casos, la respuesta está vinculada a la búsqueda de validación, al deseo de pertenecer o a la ilusión de que lo que no se publica, no existe. Sin embargo, esa exposición tiene consecuencias reales, tanto para quien publica como para quien es expuesto.
Publicar no es un acto inocente. Es una acción que deja huella, que puede afectar a otros y que, en muchos casos, tiene implicancias legales. En tiempos donde todo parece efímero, conviene recordar que internet no olvida.
La libertad de expresión sigue siendo un pilar fundamental de la democracia. Pero ejercerla con responsabilidad no solo es una cuestión ética: es, cada vez más, una obligación legal.

