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Las pantallas invaden la vida de los abuelos: una problemática de la que poco se habla

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Lic. Pamela Forestello

En plazas, salas de espera y mesas familiares, una escena se repite cada vez con más frecuencia: adultos mayores concentrados en la pantalla de su teléfono celular. Lo que hace algunos años parecía terreno exclusivo de adolescentes hoy atraviesa todas las edades, y empieza a encender señales de alerta.


 

El fenómeno creció al ritmo de la expansión de aplicaciones como WhatsApp, Facebook y YouTube, que encontraron en este grupo etario una puerta de entrada a la comunicación inmediata, el entretenimiento y la información, suplantando hábitos familiares y sociales.

Para muchos adultos mayores, el celular significó un puente para acortar distancias con hijos y nietos, especialmente después del aislamiento social que dejó la pandemia. Lo cual, es un aspecto muy positivo del uso de la tecnología.

Sin embargo, especialistas advierten que ese beneficio inicial puede transformarse en un uso problemático. “Estamos viendo casos de adultos mayores que pasan varias horas al día frente al celular, con dificultades para desconectarse”, y en muchos casos no siendo conscientes del tiempo real de conexión.

Entre las consecuencias más frecuentes aparece la alteración del sueño: el uso nocturno del dispositivo interfiere con el descanso y afecta la calidad de vida. Así, muchos identifican en su entorno, abuelos que pasan largas horas durante la noche mirando videos o visitando redes sociales, incluso algunos hasta confiesan no haberse dado cuenta que estaba amaneciendo.

A esto se suma un fenómeno menos visible pero igual de preocupante: la ansiedad vinculada a la hiperconectividad. La necesidad de responder mensajes de inmediato o de revisar constantemente notificaciones genera un estado de alerta permanente. También están aquellos que vuelven a leer o escuchar sus propios mensajes para asegurarse una y otra vez que fueron enviados. En algunos casos, incluso, se observa irritabilidad cuando el dispositivo no está disponible.

En el plano cognitivo, el panorama también despierta interrogantes. El consumo pasivo de contenidos, videos en reproducción continua o cadenas de mensajes, puede afectar la capacidad de atención y memoria. Algunos estudios vinculan estas prácticas con un aumento del riesgo de deterioro cognitivo leve, especialmente cuando reemplazan actividades que estimulan el pensamiento, como la lectura profunda o el intercambio social cara a cara.

El impacto no es solo mental. El uso prolongado del celular suele ir acompañado de sedentarismo, lo que agrava problemas físicos preexistentes y limita la participación en actividades comunitarias. Están quienes dejan de salir a hacer una caminata, a visitar amigos o familia, a participar de un te y un juego de cartas… en definitiva, abandonan aquellas acciones que les permite mantenerse activos y parte de un grupo social.

Otro punto crítico es la exposición a la desinformación. Los adultos mayores son uno de los grupos más vulnerables frente a noticias falsas y estafas digitales, muchas veces difundidas a través de cadenas en aplicaciones de mensajería. La confianza en los contenidos recibidos y la falta de herramientas para verificar fuentes los convierten en blancos frecuentes de engaños. Es un tema recurrente en las noticias tanto locales, como regionales y nacionales los abuelos que han sido engañados de esta forma.

Mientras la mirada, generalmente está puesta en el uso que hacen los niños y adolescentes, esta problemática crece sin que haya verdaderos protocolos de acción. La clave, quizá, no está en restringir el uso, sino en acompañarlo. Promover la alfabetización digital con nuestros mayores, acordar con ellos límites saludables y recuperar espacios de encuentro presencial aparecen como estrategias fundamentales.

El desafío es claro: en una sociedad atravesada por la tecnología, el celular puede ser una herramienta de inclusión o un factor de aislamiento. La diferencia seguramente será el equilibrio que se pueda lograr entre todos.

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