Por Ignacio Castro – Entrevista Prof. Juan Carlos Salinas
¿Se puede vivir del aire? O en este caso, en el aire. Guido tiene tan solo 25 años, pero de muy chico sabía que su futuro no estaba en la tierra; un sueño que fue forjando a la par de su padre y el parapente que surca el cielo de Huinca, dando un matiz más a los atardeceres en un espectáculo magnífico.
Tras terminar sus estudios en la ciudad, el joven emigró hacia La Rioja, donde se estableció en la zona de Famatina para seguir creciendo en esta actividad aérea y profundizar en su verdadera pasión: la acrobacia. Una modalidad de vuelo que pocos practican en el país, por eso, en algún momento su objetivo es seguir con esto en el exterior y lograr perfeccionarse.
El caso es que Guido admite que no puede estar encerrado entre cuatro paredes. “No es lo mío; yo soy adicto a la adrenalina”, reconoce y sigue: “Necesito volar y, si no lo hago, me empiezo a sentir mal. Pasan dos semanas que no vuelo y mi mente ya no es la misma, soy como un pájaro que está encerrado. Me arriesgué, fue un paso que tuve que dar pero pude dedicarme de lleno a lo que me gusta, que es vivir del aire”, dice con una seguridad no propia de su edad.


“El arte de volar”
Guido asegura que esta actividad es un arte y que la idea es hacer conocer a la gente la experiencia de volar y qué pasa allá arriba con la mente y el cuerpo. Este deporte de aventura desembarcó en la Argentina en 2004 y, a diferencia del anterior, permite utilizar motores más potentes y hélices más grandes. Cuenta con una especie de triciclo motorizado y, al tener ruedas, ya no requiere de ningún esfuerzo físico para realizar los ascensos y descensos.
El joven regresó a Huinca con el objetivo de abrir una escuela para enseñar a otros esta actividad y, además, llevar a quienes quieran realizar esta experiencia por los cielos huinquenses. Explica cómo es lo que hace: “Acá, que volamos con propulsión (no como en la montaña), se llama paramotor, y el que yo uso para llevar a la gente, que tiene tres ruedas, se llama paratrike; pero el aire es nuestro ecosistema por naturaleza”, señala.
Guido además explica que todo esto de volar en parapente viene de familia: “Justo me agarró en un momento de la adolescencia donde uno se siente medio perdido, peleado con el mundo, y encontré en esto un hábito súper sano, porque también es un deporte y me enseñó en todo. Mi papá era paracaidista y tenía un equipo con el que competía; dejó la actividad y tuvo familia, empezó con ansiedad y el médico le recomendó volver a realizar una actividad, y empezó con esto del parapente, lo cual no dejó nunca”.
Guido afirma que, si fuese millonario, estaría todo el día volando solo: “Porque a lo que me dedico y me gusta es la acrobacia, que para mí es mucho más mágico. Traté de adaptarlo a poder trabajar de eso y eso sería ir a competir afuera, pero todavía no sé si tengo las ganas. Y bueno, para readaptar esto y vivir en mi país, me empecé a dedicar a lo que es la docencia, a enseñar a volar y a llevar gente”.
“Yo primero empecé con esto de enseñar porque no me quedaba otra y quería vivir del aire, pero después me di cuenta de que tenés más adrenalina al enseñar a volar a una persona y teniéndola en tus manos que volando solo. Me di cuenta de que esto también es muy lindo, es muy llenador, y ver la cara del alumno después de su primer vuelo no te la olvidás más; me hizo reafirmar lo que estaba haciendo”, expresa.
“Estando en el aire tenés que estar tan concentrado que te olvidás de todo lo que pasa en la tierra, y muchas veces eso es lo que la gente busca”
Los días de vuelo son con viento calmo y en horarios que son a la mañana temprano o hacia el atardecer, y esto da muchas veces postales magníficas en el cielo de Huinca, donde los atardeceres se pueden disfrutar en toda su magnitud. Guido dice que al aire tenés que aprender a leerlo y a predecirlo con meteorología.
En cuanto a los vuelos con gente, Guido dice que nunca le pasó que alguien le dijera que volviera a tierra, pero sí admite que muchas veces hay que recurrir a la psicología en el diálogo con los pasajeros: “Sí, por ahí en algunos vuelos puntuales tuve que bajar por un cambio en las condiciones del tiempo; nunca vas a arriesgar a un pasajero. Pero más que nada la psicología entra cuando vos le enseñás a volar a alguien: tenés que leer su cabeza, qué está buscando al empezar a volar y qué quiere encontrar en eso. Hacés mucho de psicólogo porque la persona todo ese tiempo está poniendo su mente, además de su cuerpo, en esto. El primer vuelo tiene que estar todo bien, y por ahí es difícil que esté todo bien en la cabeza de alguien que va a volar por primera vez”, relata y agrega: “Estando en el aire tenés que estar tan concentrado que te olvidás de todo lo que pasa en la tierra, y muchas veces eso es lo que la gente busca, pero el problema es aplacar todos esos nervios y sentimientos que surgen”.
Historias de los 2 a los 80 años
Entre su vasta experiencia en la actividad, Guido rescata uno de sus vuelos donde llevó a un niño de tan solo dos años de edad junto a su madre: “Me tocó llevar a un niño de Huinca que tiene dos años que estaba enloquecido por volar; la madre me contaba que cuando me veía pasar no lo podía sacar del patio porque estaba mirando para arriba. Y bueno, obviamente lo llevé con su madre y hasta el día de hoy sigue fanatizado. No hay un límite de edad; así como también mi abuela con 80 años iba dos veces a la montaña para que yo la llevara a volar y era lo mejor que le pasaba en el año”, cuenta y destaca esta experiencia con un familiar cercano.
Guido realiza por estos días vuelos de bautismo, que se llama “el bautismo del aire”. Básicamente despegás y no hacés nada raro: es un paseo alrededor del pueblo, y vamos viendo si el pasajero quiere pasar por un lugar en especial. El parapente vuela muy lento y esto te da posibilidad de jugar mucho con la altura; podés volar a pocos metros del suelo o a miles de metros.
Por último, el joven recomienda a los pasajeros, antes de cada vuelo, concentrarse en la experiencia y dejar de lado el celular para que el disfrute sea total: “Hoy por ahí importa más la foto que la vivencia y por eso incluso yo les ofrezco sacarles fotos o tomar videos para que no se pierdan las sensaciones que se generan en el vuelo”, relata.
La amena conversación continúa y Guido habla de volar con naturalidad, como si la tierra no fuese ese lugar común del ser humano; para él ya dejó de serlo hace mucho. Entiende mejor el aire, donde construye sus propios castillos.

