Ir al contenido

Pasar o repetir en la primaria: una verdadera encrucijada que divide opiniones

Compartir:

Por Lic. Pamela Forestello

En las mesas de las familias y en las salas de profesores de las provincias argentinas, la conversación se repite con la misma frecuencia que los ciclos lectivos: ¿Sirve hacer repetir a un chico de primaria cuando no alcanzó los contenidos mínimos, o volver a cursar el mismo año genera más frustración que aprendizaje?


 

Hace ya varios años que la educación primaria en la Argentina viene experimentando transformaciones profundas en sus regímenes de promoción. La más relevante es la Unidad Pedagógica (UP), establecida nacionalmente por el Consejo Federal de Educación para transformar el 1.º y 2.º grado en un único bloque continuo. Con este esquema, ningún niño o niña puede repetir el primer grado. En su lugar, el proceso de alfabetización inicial se concibe como un camino de dos años en el que cada alumno avanza según sus ritmos biológicos e intelectuales.

Sin embargo, a medida que la discusión avanzó hacia los años superiores de la primaria y salpicó el debate del nivel secundario, las diferencias entre jurisdicciones y las posturas académicas volvieron inevitable el contrapunto. Es decir, cuando llegó el momento que ningún estudiante repetía en la primaria, las alertas comenzaron a sonar con mayor fuerza en algunos sectores.

¿Qué impacto tiene en los niños?

Los especialistas en psicología infantil y educación coinciden en que la repitencia tradicional en el nivel primario arroja balances, si se quiere, complejos.

Por un lado, la evidencia científica recopilada por la Oficina Internacional de Educación de la UNESCO y la Secretaría de Educación de la Nación advierte que la retención de grado genera marcas emocionales complejas. Cuando un niño repite, es separado de su grupo de pares de pertenencia, se le asigna implícitamente la etiqueta de “el repitente” frente a sus nuevos compañeros y suele caer en un bucle de desmotivación. Además, hacer que un niño vuelva a escuchar durante diez meses las mismas lecciones que no comprendió el año anterior raramente resuelve sus dificultades de origen si no cambian las estrategias de enseñanza.

Por otro lado, defensores de mantener criterios claros de exigencia sostienen que avanzar de grado con severos vacíos de lectura, escritura o cálculo básico genera una “bola de nieve” cognitiva. Si un estudiante llega a 4.º o 5.º grado sin comprender lo que lee, el paso automático no elimina su dificultad: la posterga y la profundiza, exponiéndolo a una frustración mucho mayor al enfrentarse a contenidos más abstractos.

Esto se profundiza cuando llegan a la escuela secundaria cuando la abstracción se profundiza y es muy difícil seguir el ritmo sino tienen aún los conocimientos básicos de lecto escritura.

 

La trinchera docente: entre la personalización y la sobrecarga

Para los maestros de grado, las políticas de no repitencia o promoción asistida no son un debate conceptual: son su trabajo de todos los días.

Cuando la norma dictamina que un alumno no debe repetir, la responsabilidad de garantizar que ese niño aprenda recae directamente sobre el aula. Esto exige implementar lo que en pedagogía se conoce como atención a la diversidad: planificar al mismo tiempo para chicos que leen de corrido y para chicos que todavía están en etapa silábica dentro del mismo salón, o que directamente no reconocen las letras..

“Acompañar las trayectorias individuales es el deber ser pedagógico, pero en aulas de 20 a 30 alumnos, sin docentes integradores o gabinetes psicopedagógicos que contengan, la no repitencia a veces se percibe como una vía libre donde el docente pierde herramientas para marcar el esfuerzo”, señalan con frecuencia referentes del sector educativo.

La principal crítica del cuerpo docente suele centrarse en la falta de infraestructura de apoyo. Cuando la flexibilización de las normas de promoción no viene acompañada de horas de tutoría, materiales pedagógicos diferenciados o parejas pedagógicas, el maestro siente que la política pública transforma una meta inclusiva en una simple superposición de tareas administrativas.

El debate de fondo: ¿Flexibilización o facilismo?

El cruce de posturas mantiene divididos a pedagogos, funcionarios y familias en dos corrientes diferenciadas:

  • Postura a favor del flujo continuo: Argumenta que la repitencia es una institución del siglo XIX ineficaz para el siglo XXI. Sostiene que el sistema debe adaptarse a la diversidad del desarrollo infantil. Países con destacados índices educativos no aplican la repitencia en la educación primaria, sino sistemas intensivos de nivelación y tutorías continuas. Pero para esto se requiere una inversión mayor en personal, horas de trabajo, etc.
  • Postura a favor del mérito y la evaluación tradicional: Alerta sobre el peligro de construir una “falsa inclusión”. Quienes defienden este punto plantean que otorgar el paso de grado sin que el estudiante domine las competencias básicas del ciclo devalúa el valor de la escuela y engaña a las familias sobre el verdadero nivel de aprendizaje de sus hijos. Así podemos encontrar familias que creen que su hijo cumple regularmente los objetivos pedagógicos correspondientes a cada año, cuando en realidad no es así.

Encontrar el equilibrio

Las experiencias provinciales demuestran que la no repitencia por sí sola no garantiza el aprendizaje, pero la repitencia por sí sola tampoco lo soluciona.

El desafío real de las escuelas primarias no reside en si el boletín lleva una nota de pase automático o una sanción de permanencia, sino en lo que ocurre dentro del aula entre marzo y diciembre: docentes con recursos para acompañar de cerca a los alumnos que se atrasan, programas intensivos de alfabetización temprana y un compromiso real de las familias en el proceso educativo.

¿Cuál es tu opinión respecto a la repitencia o no en las escuelas primarias?

Compartir: