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Pantallas sin fronteras: cómo influyen las redes sociales en adolescentes del interior argentino

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Por Lic. Pamela Forestello

En pueblos y ciudades del interior de la Argentina, donde durante años el ritmo de vida parecía más pausado y las distancias marcaban diferencias culturales claras, hoy hay algo que atraviesa todo: la conexión permanente. Las redes sociales llegaron para acortar kilómetros, pero también para instalar nuevas formas de mirarse, vincularse y sentirse.


 

Para muchos adolescentes (y no tanto) el celular no es solo un dispositivo: es una ventana al mundo. Pero también, a veces, un espejo exigente. Y esto, claramente, trae sus consecuencias… consecuencias que no siempre son positivas y que, en los peores casos, desencadenan en situaciones dramáticas.

Crecer en el interior siempre implicó una identidad particular: comunidad, cercanía, vínculos que se entrelazan desde la infancia. Sin embargo, hoy los adolescentes construyen su identidad en un doble escenario. Por un lado, el pueblo donde “todos se conocen”; por otro, un universo digital donde circulan modelos de vida muchas veces lejanos e idealizados.

Las redes sociales permiten acceder a tendencias, estilos de vida y formas de expresión que antes parecían inaccesibles. Pero esa apertura también trae una tensión: la comparación constante.

“¿Por qué mi vida no es así?”, “¿cómo podría tener esto?”, “¿por qué mi cuerpo no se ve igual?”. Preguntas silenciosas que, en muchos casos, no encuentran espacio para ser dichas.

La presión de mostrarse… en lugares donde todo se ve

En las grandes ciudades, el anonimato ofrece cierto resguardo. En cambio, en comunidades pequeñas, lo que se publica no solo circula: se amplifica.

Una foto, un comentario o un video pueden convertirse rápidamente en tema de conversación cotidiana. Esto genera una presión particular en los adolescentes del interior: no solo importa lo que se muestra en redes, sino también cómo eso será leído por el entorno cercano.

Así, la exposición no es solo digital. También es social.

Paradójicamente, nunca hubo tanta posibilidad de conexión, y sin embargo, muchos adolescentes refieren sentirse solos. Las redes ofrecen interacción constante, pero no siempre garantizan vínculos significativos.

Lo virtual, muchas veces, reemplaza lo presencial. Y aunque permite sostener relaciones, también puede empobrecer ciertas experiencias: el juego, la conversación cara a cara, el aburrimiento creativo.

Nuevas formas de malestar

Ansiedad, dificultades con la autoestima, necesidad de validación constante, miedo a quedar afuera (FOMO). Estos fenómenos no son exclusivos de las grandes ciudades.

En el interior, a veces se expresan de manera más silenciosa. Persisten ideas como “acá eso no pasa” o “son cosas de la edad”, lo que puede dificultar la escucha y el acompañamiento.

Las redes no son, en sí mismas, el problema. Pero sí pueden potenciar malestares cuando se convierten en el principal lugar de reconocimiento.

Otro desafío clave es la brecha generacional. Muchos adultos no crecieron con estas tecnologías y, en ocasiones, las perciben como ajenas o incomprensibles.

Esto puede generar dos extremos: el control rígido o la ausencia de intervención.

Acompañar implica algo diferente: interesarse, preguntar sin juzgar, habilitar la palabra. No se trata de prohibir, sino de construir criterios.

¿Qué lugar darles a las redes?

Las redes sociales son parte de la vida actual y, bien utilizadas, pueden ser herramientas valiosas: permiten expresarse, crear, aprender, conectar.

El desafío está en no convertirlas en el único espacio donde “ser alguien”.

En el interior argentino, donde la comunidad sigue siendo un pilar fuerte, existe una oportunidad: recuperar lo vincular como sostén, generar espacios de encuentro reales y habilitar conversaciones que muchas veces quedan pendientes.

¿Qué lugar están ocupando las redes en la vida de nuestros adolescentes… y qué lugar estamos dejando nosotros para acompañarlos?

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