Por Lic. Pamela Forestello
El desafío de las familias del interior cuando un hijo se va a estudiar a otra ciudad.
Cada año, miles de familias del interior argentino atraviesan una mezcla de orgullo, miedo y tristeza cuando sus hijos deben mudarse a otra ciudad para comenzar la universidad. La valija sobre la cama, los últimos consejos antes del viaje y una habitación que, de golpe, queda en silencio.
Detrás del sueño de estudiar una carrera aparece una realidad que golpea fuerte a muchas familias: separarse, reorganizar la economía y aprender a convivir con la distancia. Si bien es verdad que hoy la tecnología es clave para mantener el contacto diario, a diferencia de otras épocas, la distancia sigue siendo un factor importante para algunos.
En pueblos y ciudades pequeñas, donde la oferta universitaria suele ser limitada, emigrar para estudiar casi siempre es una obligación. Córdoba, Río Cuarto, Rosario, Villa María, Buenos Aires, General Pico, Santa Rosa o La Plata se convierten en nuevos destinos para jóvenes que dejan por primera vez el hogar familiar.


El impacto emocional
Y aunque el momento suele celebrarse como un logro, también representa un fuerte impacto emocional. El extrañar pasa a ser una sensación que se convierte en protagonista de muchos momentos del día, en fechas especiales, o simplementes en un amanecer.
Madres, padres y abuelos coinciden en que uno los y se prepara para esto, pero cuando llega el día, esa despedida puede ser muy dura. Y mucho más, cuando se trata de hijos únicos, y en la casa hasta los silencios parecen doler.
Algunos definen la nueva organización como una especie de duelo cotidiano. Ya no están las comidas compartidas, los horarios escolares ni las rutinas familiares. En su lugar aparecen videollamadas, mensajes preguntando si comieron y la preocupación permanente por cómo se adaptan a la nueva vida.
El desafío económico: otro tema que impacta a toda la familia
Sostener económicamente a un hijo universitario fuera de casa se volvió cada vez más difícil. Alquileres, expensas, fotocopias, transporte, comida y materiales de estudio representan gastos que muchas familias del interior deben afrontar con enormes esfuerzos.
En algunos casos, los estudiantes también trabajan para poder sostenerse. Otros comparten departamentos, reducen gastos al máximo o viajan largas distancias para regresar algunos fines de semana. Y según cada provincia, existen becas de diferente tipo que son muy beneficiosas para costear los boletos, para comprar apuntes, etc.
Por su parte, madres y madres hacen horas extras, venden cosas o resignan actividades propias para que sus hijos puedan estudiar. Del mismo modo, abuelos o tíos colaboran con lo que pueden como la “mejor inversión”.. darle un estudio que le facilite el futuro a ese joven.
La experiencia también transforma a los jóvenes. Vivir solos por primera vez implica aprender a cocinar, administrar dinero, organizar horarios y enfrentar responsabilidades cotidianas que antes resolvía la familia.
No todos logran adaptarse igual. Algunos atraviesan ansiedad, soledad o dificultades para integrarse a una ciudad más grande y anónima. Otros sienten culpa por el esfuerzo económico que hacen sus padres para sostenerlos. En ese contexto, las redes familiares siguen siendo fundamentales. Los grupos de WhatsApp, las llamadas diarias y las visitas improvisadas se convierten en formas de acompañar a la distancia.
Claro está, que a pesar de las dificultades actuales, las familias coinciden en que el esfuerzo vale la pena.
Porque detrás de cada despedida en una terminal hay una apuesta enorme: la posibilidad de que los hijos accedan a oportunidades que muchas veces sus padres no tuvieron. La habitación queda vacía durante meses, pero los sueños siguen intactos y son los que alivian esa distancia.

