Por Lic. Pamela Forestello
En los grupos de Facebook de los pueblos del interior, en las ferias improvisadas de las plazas y hasta en los estados de WhatsApp, una escena se repite cada vez más: vecinos que venden ropa usada, electrodomésticos, herramientas o porciones de comida casera para sumar dinero y llegar a fin de mes.
La tendencia se volvió visible en ciudades pequeñas y medianas de provincias como Córdoba, Santa Fe, La Pampa y Buenos Aires, donde muchas familias encontraron en la reventa y en la cocina hogareña una salida rápida frente a la caída del consumo y el deterioro del poder adquisitivo.
“Vendo porque no alcanza”, resume una frase que se escucha cada vez más en el interior.


Mientras el consumo tradicional sigue debilitado, crecen las estrategias de supervivencia económica. Informes recientes muestran que las ventas minoristas continúan en baja y que el consumo se concentra casi exclusivamente en productos esenciales.
En ese contexto, las ferias de usados viven un auge silencioso. Lo que antes era una práctica ocasional hoy se transformó en un ingreso extra para muchas familias. Ropa infantil, bicicletas, celulares, muebles y pequeños electrodomésticos circulan diariamente en redes sociales y marketplaces locales. Y, lo que es peor, muchos venden, incluso, pertenencias que sí utilizaban, pero deben deshacerse para ganarse la comida del día.
En pueblos del interior cordobés, por ejemplo, los fines de semana ya son habituales las “ferias americanas” organizadas en patios, clubes o plazas. Allí se mezclan jubilados, docentes, empleados y jóvenes que buscan vender lo que ya no usan para afrontar gastos cotidianos.
Al mismo tiempo, la venta de comida casera explotó como alternativa laboral. Tartas, empanadas, panificados, pastas y viandas aparecen en cientos de publicaciones diarias. Muchas personas comenzaron cocinando para conocidos y hoy sostienen pequeños emprendimientos desde sus casas. Aunque, también es verdad, que hay mucha oferta, para poca demanda.
En paralelo, especialistas detectan cambios profundos en los hábitos de compra: menos visitas a supermercados, compras más pequeñas y mayor búsqueda de precios bajos o alternativas usadas.
En el interior, donde la economía cotidiana suele moverse cara a cara y las redes comunitarias tienen más peso, la respuesta social aparece rápidamente. Una vecina cocina canelones para vender los domingos; otra ofrece ropa infantil usada; un jubilado repara bicicletas y las revende. Son pequeñas economías familiares que crecen al ritmo de la necesidad.
Aunque para muchos se trata de una salida temporal, otros ya lo ven como una nueva forma de trabajo. Las redes sociales reemplazaron al viejo aviso clasificado y el garage de una casa puede convertirse, por unas horas, en un local de ventas.
En una Argentina donde el consumo formal sigue mostrando señales de debilidad, el mercado informal de usados y la comida casera se consolidan como el termómetro más visible de cómo las familias del interior intentan adaptarse para sobrevivir.

