Por Lic. Pamela Forestello
Un sábado a las tres de la mañana en la plaza, en la esquina del boulevard o frente a una pantalla encendida a oscuras. La escena se repite en casi cada localidad del interior: jóvenes que parecen querer llevarse el mundo por delante, desafiando horarios, normas y palabras adultas.
La lectura rápida suele ser siempre la misma: “los chicos de hoy no respetan nada” o “no tienen límites”. Pero, ¿y si la historia fuera exactamente al revés? ¿Y si en esa provocación constante lo que realmente hay es un pedido implícito de contención?
Desde la psicología del desarrollo y la neurociencia, la respuesta es clara: el cerebro adolescente está programado biológicamente para explorar, asumir riesgos y probar hasta dónde cede la pared. Sin embargo, cuando conversamos sobre el tema con los especialistas en salud mental juvenil coinciden en que la ausencia de marcos claros no genera libertad, sino profunda desorientación. En esa etapa de transición, la presencia adulta funciona literalmente como una guía externa de regulación.

En nuestras comunidades, donde antes la crianza se sentía más comunitaria y compartida, el ritmo cotidiano y las fronteras digitales han dejado a muchos chicos navegando en la intemperie emocional. Poner un límite no es castigar, prohibir ni imponer autoridad a los gritos; es sostener, decir “hasta acá llegás porque me importás”. Cuando un adulto cede por cansancio o para evitar el conflicto, el adolescente raramente siente un triunfo: suele experimentar soledad. Muchas veces puede llegar a Interpretar la permisividad excesiva como indiferencia.
La pregunta que nos queda como vecinos, padres y educadores no es si los jóvenes quieren hacer lo que se les da la gana, sino si los adultos estamos dispuestos a asumir el costo de sostener un “no” cuando hace falta. Educar con firmeza y afecto exige tiempo, escucha y la valentía de tolerar un enojo pasajero.
¿Están nuestros adolescentes pidiendo límites a gritos o nos acostumbramos a mirar para otro lado? La conversación queda abierta en las mesas familiares y en las aulas de nuestras escuelas.

