Por Lic. Pamela Forestello
En aulas, plazas , reuniones sociales y chats de WhatsApp, los conflictos entre adolescentes y jóvenes son parte de la vida cotidiana. Discusiones por malentendidos, peleas por redes sociales o tensiones en grupos de amigos aparecen, pareciera, cada vez con más frecuencia. Sin embargo, detrás de estas situaciones también se abre una oportunidad: aprender a resolver diferencias sin violencia y construir vínculos más saludables. Para eso, necesitan de los adultos.
Especialistas en adolescencia coinciden en que los conflictos no son el problema en sí, sino la manera en que se enfrentan. “El desacuerdo es parte del crecimiento. Lo importante es cómo se gestiona: si desde el impulso o desde la reflexión”, explican desde ámbitos educativos y de salud.
Uno de los principales desafíos actuales está vinculado al impacto de la tecnología ya que se puede detectar que muchas discusiones comienzan o se intensifican en redes sociales, donde la inmediatez y la exposición pública pueden escalar rápidamente una situación. Un comentario mal interpretado, una historia indirecta o la viralización de un conflicto pueden transformar un desacuerdo menor en un problema mayor.
Por otro lado, el pertenecer a un grupo suele llevar a tener comportamientos que, incluso, van contra los propios valores, pero el miedo al rechazo es más fuerte. Si recordamos el caso de Fernando Báez Sosa, podemos visualizar rápidamente, que lejos de haber sido un caso que vino a cambiar conductas, estas se continúan replicando en diferentes lugares del país, cada fin de semana.
¿Qué se puede hacer?
Frente a este escenario, surgen herramientas clave que cada vez se trabajan más en escuelas y espacios juveniles. La comunicación asertiva, por ejemplo, permite expresar lo que uno siente sin agredir al otro. Escuchar activamente, sin interrumpir ni descalificar, es otro paso fundamental para comprender distintos puntos de vista. Aunque no es menos cierto, que es una tarea muy difícil, lograr la escucha entre pares porque se ha perdido el hábito de “dialogar”.
También se vuelve central el manejo de las emociones. La ira, la frustración o los celos suelen aparecer con intensidad en estas etapas, y aprender a reconocerlos antes de actuar puede marcar la diferencia. “Poder frenar, pensar y después responder es una habilidad que se entrena”, señalan profesionales.
Como se mencionó al inicio, el rol de los adultos resulta clave. Acompañar sin invadir, escuchar sin juzgar y ofrecer modelos de diálogo respetuoso son factores que favorecen que los adolescentes puedan incorporar estas formas de resolución; pero, si el ejemplo es resolver mediante la violencia, poco pueden aprender los menores. Y, lamentablemente, es visible en el tránsito, en las diferencias de ideas de cualquier índole, que muchos adultos, muchas veces desbordados por las problemáticas personales, también recurren a las resoluciones violentas.
Lejos de la idea de que “los jóvenes no saben resolver conflictos”, lo cierto es que muchos de ellos están aprendiendo nuevas maneras de hacerlo. En ese proceso, no solo construyen su identidad, sino también una forma distinta de vincularse con los demás.
Porque, al final, resolver un conflicto no es ganar una discusión, sino encontrar una manera de seguir adelante sin romper el vínculo.

