Por Lic. Pamela Forestello
Quienes crecimos en los pueblos del Departamento General Roca compartimos un código implícito, una especie de manual de convivencia invisible. Saludar al cruzarse en la vereda (aunque no conozcas al otro), bajar la música a la hora de la siesta, frenar el auto para ceder el paso al peatón o respetar el turno en la fiambrería sin necesidad de sacar número. Era lo natural.
Sin embargo, en las últimas semanas, una serie de publicaciones en grupos de Facebook locales y debates encendidos en Instagram encendieron las alarmas: ¿Estamos perdiendo esa famosa “cultura del respeto” que tanto nos caracterizaba como comunidad?
Lo que empezó como la queja aislada de un vecino por ruidos molestos terminó destapando una olla de catarsis colectiva sobre cómo nos tratamos hoy en día en Huinca, Jovita, Del Campillo, Mattaldi, Villa Valeria y demás localidades de la región.

El detonante: Pequeñas faltas que suman crispación
El debate no se armó por grandes delitos, sino por el desgaste de la convivencia diaria. En los posteos que más comentarios sumaron, los vecinos señalaban tres grandes focos de conflicto:
- El tránsito indomable: Motos con caños de escape libres a altas horas de la madrugada, autos que transitan a una velocidad innecesaria en calles donde antes caminaban los chicos con tranquilidad.
- El espacio público de todos (y de nadie): Plazas con basura tirada a metros de los tachos, frentes de casas vandalizados y la falta de empatía de quienes no limpian lo que ensucian sus mascotas en las veredas ajenas.
- La grieta generacional: Los adultos mayores sienten que los más jóvenes perdieron la costumbre del “buen día” o las palabras mágicas “por favor” y “gracias”, mientras que los chicos reclaman que muchas veces son los adultos quienes los prejuzgan o los tratan con desconfianza de antemano.
La paradoja de las redes sociales
El punto más llamativo, y quizás el más contradictorio, del debate es el escenario donde se plantea. Muchos vecinos señalan que exigimos un respeto en la calle que después olvidamos por completo detrás de la pantalla.
“Es increíble ver cómo nos quejamos de la falta de educación de los chicos, pero entrás a un grupo de compra-venta de la zona y los adultos se insultan ante cualquier diferencia”, comentaba una vecina en una de las publicaciones más compartidas.
El anonimato relativo o la distancia que da el celular parece haber limado los filtros. La crítica constructiva rápido se transforma en escrache, y la opinión diferente en un ataque personal. ¿Se puede exigir respeto usando la falta de respeto como herramienta?
¿Crisis terminal o cambio de época?
Para los más entendidos en el tema, no se trata necesariamente de que “la sociedad esté perdida”, sino de que los ritmos de vida cambiaron. El estrés económico, la hiperconectividad y el aislamiento que dejaron los últimos años también pegaron fuerte en el interior. La paciencia está más corta para todos.
La buena noticia es que el debate mismo demuestra que nos importa. Si a los vecinos del Departamento Roca no les interesara su lugar ni su gente, estas publicaciones pasarían de largo sin pena ni gloria. Que la gente se tome el tiempo de opinar, debatir y buscar soluciones, aunque a veces sea con un tono elevado, refleja que el deseo de vivir en un entorno amable sigue intacto.
El respeto no se recupera con leyes mágicas ni con más inspectores en la calle; se reconstruye en el mano a mano de todos los días. Al final del día, la salud de nuestros pueblos depende de ese saludo en la panadería, de ese freno a tiempo en la esquina y de recordar que, en comunidades chicas, hoy por ti y mañana por mí.
Queremos saber tu opinión: ¿Sentís que realmente se perdió el respeto en tu localidad o creés que es una exageración de las redes sociales?

